La cueva de la Lobera: Huellas sagradas ancestrales en el camino de san Juan de la Cruz
A poco más de un kilómetro de Castellar, en plena comarca de El Condado, emerge un farallón rocoso imponente. Cualquiera que pase por allí podría pensar que es solo una bonita alineación de abrigos en la piedra, pero se equivocaría por completo: estamos ante el Santuario Ibérico de la Cueva de la Lobera, un auténtico imán espiritual que acumula más de 2300 años de historia.
Abrigo de Cueva Lobera
Lo que impresiona de este techo de roca natural es cómo domina el paisaje circundante. Los íberos no eligieron este punto al azar; lo buscaron a conciencia por su cercanía a manantiales antiguos como la fuente del Caño y la del Cotillo. Para ellos, los lugares donde el agua brotaba de la tierra no eran simples fuentes, sino portales sagrados. Lo curioso es que la visera de roca no esconde una caverna profunda y oscura, sino que forma una terraza completamente abierta al entorno. Esto permitía algo muy lógico para sus rituales y reuniones: que todo se hiciera de cara al paisaje y bajo la luz del sol.
El santuario tenía un diseño monumental y muy bien pensado a base de terrazas conectadas por rampas y escaleras. Justo enfrente de la cueva estaba la primera terraza, conocida como el Thesaurus, que venía a ser el lugar principal donde los fieles se aglomeraban para dejar la gran mayoría de sus ofrendas. Si bajabas un nivel, en la segunda terraza, se abría un espacio de culto secundario donde los arqueólogos encontraron un tesoro de lo más delicado: pequeñas laminillas de oro. Un paso más abajo quedaba la tercera terraza, que servía para el tránsito y la liturgia, y finalmente se llegaba a la cuarta, la más baja y desgastada. En esta última zona estaba la fundición: allí mismo se fabricaban los exvotos, sosteniendo una especie de economía sagrada para los peregrinos que venían de camino.
Un punto clave en el mapa de Cástulo
La Lobera no era un templo aislado en mitad de la nada; funcionaba como un santuario territorial de referencia en el Alto Guadalquivir. Era un hito que la poderosa ciudad de Cástulo supo capitalizar muy bien, utilizándolo como marcador de frontera y como un símbolo de control político sobre las rutas comerciales que conectaban la Alta Andalucía con el Levante.
El recorrido en el tiempo de este rincón es fascinante y demuestra cómo los seres humanos llevamos milenios buscando los mismos puntos exactos para conectar con lo trascendente. Ya desde la Edad del Bronce hay constancia de los primeros cultos y depósitos aprovechando la magia natural del agua y las rocas. Hacia el siglo IV a. C., en pleno esplendor íbero, el sitio se transformó en el complejo organizado bajo la órbita de Cástulo que delimitaba sus dominios frente a otros pueblos. Incluso cuando llegaron los romanos entre los siglos I y II d. C., el santuario resistió y se adaptó: el área de culto se recogió hacia el entorno más inmediato de la cueva mientras los caminos de alrededor se iban convirtiendo en la Vía Augusta. Lo hermoso de toda esta evolución es que permitió que las creencias íberas quedaran, por así decirlo, «fosilizadas» en los objetos de bronce que hoy rescata la arqueología.
La verdadera alma del rito eran los exvotos. Hablamos de esas pequeñas figuras de bronce que los íberos ofrecían a sus dioses para pedir favores o dar las gracias por la salud, la fertilidad o la protección. Funcionaban como mensajeros o mediadores físicos de una plegaria. Por la zona se les conoce cariñosamente como «muñecos» o «mingos» cuando la gente se los tropezaba en el campo. Al mirarlos de cerca descubres el reflejo de una sociedad profundamente espiritual: hay guerreros, jinetes, mujeres embarazadas y orantes con grandes tocados. Cada estatuilla era, en el fondo, un retrato simbólico del propio devoto.
Fiestas, banquetes y la magia del sol.
A la Lobera no se iba solo a rezar en silencio; era un nodo de movilidad ritual al que acudían poblaciones de distintos oppida o ciudades fortificadas. En fechas señaladas, el santuario se ponía de fiesta y se transformaba en un bullicioso centro de reunión social y política. La actividad de los peregrinos se movía en varios ejes: por un lado estaban las peticiones individuales o familiares y los ritos de paso que marcaban los ciclos vitales; por otro, se organizaban grandes banquetes festivos. Lo sabemos porque el suelo ha dejado un rastro evidente de huesos de animales y un repertorio de platos, copas y jarras con las decoraciones típicas que se estilaban en Cástulo. Al final, juntar a tanta gente servía para divertirse, pero también para reforzar la identidad del grupo y dejar claro quién mandaba en la frontera.
Para meter a cientos de personas en una pendiente natural, los íberos tuvieron que «urbanizar» el terreno. El sistema de terrazas ganaba espacio llano e incluía conjuntos de casas que probablemente servían para preparar los rituales o dar servicios a los visitantes. Todo el diseño arquitectónico estaba pensado para guiarte a través de muros y estructuras en un camino muy claro hacia la cueva principal. Además, la ubicación era una genialidad de ingeniería territorial, ya que desde allí arriba se controlaba visualmente el camino del Arrecife. Esta ruta era vital para conectar con Mentesa (en Villanueva de la Fuente, Ciudad Real) y con Libisosa (Lezuza, Albacete). La importancia de este sendero íbero está más que demostrada gracias a los Vasos de Vicarello y a los miliarios romanos que confirman que fue el precursor directo de la Vía Augusta.
Por si fuera poco, el santuario esconde un secreto que parece sacado de una película de aventuras: los investigadores descubrieron que fue diseñado siguiendo una hierofanía solar, es decir, una manifestación de lo sagrado a través de la luz. En momentos clave del año, como los equinoccios, los rayos del sol entran con una inclinación tan perfecta que iluminan de forma directa zonas específicas del abrigo rocoso destinadas a los rituales más importantes. El sol no solo alumbraba; validaba el rito.
Hoy en día, la Cueva de la Lobera sigue siendo un paraje sobrecogedor donde el pasado y el presente se tocan. Hay quien sigue dejando pequeñas ofrendas de frutas o flores en el interior como testimonio de que la magia del lugar se niega a morir. Desafortunadamente, también ha sido una de las zonas más castigadas por los buscadores de tesoros ilegales. Cuidar este santuario es vital, porque es una ventana única a la espiritualidad y a la organización de nuestros antepasados.
LA RUTA
Si el andorrero se anima a conocerla, la aproximación desde Castellar se divide en tres partes bien diferenciadas: un tramo urbano, un recorrido por el paseo de la Virgen de la Consolación y el sendero rural definitivo.
El paseo empieza cruzando el conjunto histórico de la villa. Es una oportunidad perfecta para fijarse en las casas señoriales y en la arquitectura renacentista del pueblo. Puedes arrancar desde cualquier punto, pero una buena idea es salir de la plaza de España y meterte en la avenida de Andalucía, que es el eje vertebrador de Castellar. En un momento vas a encontrar un montón de rincones admirables: la calle está repleta de fachadas señoriales con amplios ventanales y balconadas por las que da gusto caminar embobado.
Castellar. Avenida de Andalucía
Pronto vas a divisar un torreón. Es la torre del homenaje, el último resto del castillo de Pallarés que dio nombre a la población. Dentro se aloja el Museo de Arte Íbero y el centro de interpretación de la Cueva de la Lobera. Es una visita obligada, ya sea antes de subir para entender lo que vas a ver, o al volver para terminar de encajar las piezas.
Justo enfrente de la torre te topas con la impresionante iglesia-colegiata de Santiago, que data del siglo XVII, en plena plaza de la Constitución, donde una dama íbera te saluda al pasar. Al cruzar la plaza, sigues por la calle señorial para ir dejando atrás el casco urbano.
Castellar. Iglesia-Colegiata de Santiago (fachada principal)
Castellar. Iglesia-Colegiata de Santiago (detalle de Santiago matamoros)
Castellar. Iglesia-Colegiata de Santiago (patio interior)
Es ahí donde desembocas en el paseo de la Virgen de la Consolación, un tramo de transición ideal hacia el campo. El paseo hace honor a su nombre: es cómodo, sombreado y funciona muy bien para ir desconectando del tumulto del pueblo mientras buscas la serenidad del santuario.
Castellar. Paseo de la Consolación (fuente megalítica)
Poco después de rebasar una almazara, vas a ver a la derecha el sendero hacia la Cueva de la Lobera. Este tramo rural es bellísimo. Es un sendero que camina en paralelo a la carretera de El Condado, metido entre vegetación mediterránea. Al final, el camino te termina dejando en una de las terrazas artificiales de las que hablábamos antes. Desde ese punto, solo queda ascender buscando el farallón rocoso, entretenerse descubriendo sus numerosas oquedades y, sencillamente, disfrutar del entorno.
Abrigo de Cueva Lobera
Aviso: Las últimas informaciones indican que el recinto se encuentra vallado. Por eso, no está de más que te informes antes en el Ayuntamiento o en el Museo para saber exactamente cómo está el acceso y organizar bien tu visita.
Ya se acerca nuestro frailecico a su destino inmediato. Ya va dejando atrás la comarca de El Condado, el camino que ha venido recorriendo por la franja norte de Jaén, siempre lindando con la cordillera Mariánica que nos ha acompañado desde que asomó por aquellas riscas de las Tres Hermanas, donde conoció por primera vez Andalucía. Entraremos sutilmente, siguiendo su huella y casi sin hacer ruido, en la comarca de la sierra de Segura.
Mudaremos los horizontes, y el trueque lo realizamos en un paraje con un intenso regusto carmelita: el Portichuelo. Este emblemático lugar, donde decimos adiós al infinito Condado y desde el cual avistamos en el horizonte la sierra segureña, posee una profunda evocación teresiana; allí, en la fuente y la floresta del Portichuelo, documentan varios autores el descanso que realizó santa Teresa en su viaje de Beas de Segura a Sevilla.1, Se trata de un curioso episodio de «misticismo rústico» en el que se narra que difícilmente pudieron sacar del lugar a la Madre, la cual se encontraba extasiada, como afirma una testigo, «porque con la diversidad y canto de mil pajaritos toda ella se deshacía en alabanzas a Dios».
Posible fuente de El Portichuelo actualmente cerrada.
El tramo que nos aguarda fue usado ancestralmente por los pastores serranos, aquellos que desde el altiplano segureño se veían obligados a abandonar los crudos inviernos para descender a «las Andalucías» —como llamaban por entonces a esta tierra—, cuando aquellos parajes eran el reino de Murcia y estos, el reino de Jaén. Actualmente, aunque con menor intensidad, se continúa desarrollando esta antiquísima actividad, lo que constituye un gran espectáculo anual y un verdadero mérito para los pastores trashumantes que la siguen practicando.
Cordel de El Condado
Desde el Portichuelo, cuyo acertado topónimo no deja lugar a dudas, podemos divisar en la lejanía las cumbres del Natao, las cuales señalan inequívocamente nuestro destino: Beas de Segura. Antes, sin embargo, es preciso cruzar el valle del Guadalimar y vadear este «río Colorao» —como es conocido por estos contornos— a través del puente Mocho, emblemático paso ganadero y trashumante.
Puente Mocho sobre el río Guadalimar
Puente Mocho, recientemente remodelado
A Beas llegará, por fin, un fraile caquéctico, arrastrando aún las secuelas del cautiverio: agotado, postrado y sin aliento. Según la documentación, su estado sorprendió sobremanera a las monjas del convento fundado unos años antes por la madre Teresa; tal es su quiebra anímica que se derrumba al escuchar las coplillas melancólicas que le cantan para animarlo. Allí se encuentra con una mujer que, sin sospecharlo aún, se convertirá en un baluarte fundamental para su misión: Ana de Jesús, priora del convento. Aunque no hace buenas migas con ella a su llegada, solo después de que santa Teresa lo bendiga por vía epistolar logrará ganarse su confianza, hasta el punto de que se volverían inseparables en los años siguientes. Allí, en Beas, permanecerá algunos días recuperándose, antes de emprender su camino definitivo hacia el silencio y la soledad montaraz que tanto ansiaba.
«Es Beas una villa netamente andaluza: casitas enjalbegadas con rejas en los ventanales y balconcillos cuajados de macetas; calles estrechas, limpias y desiguales. Mira a poniente, abierta en abanico a orillas del riachuelo que baja de la sierra y corre de sur a norte para perderse en el Guadalimar». (Crisogono de Jesús).
Beas de Segura actualmente
Beas de Segura actual, coincidente con la descripción de Crisogono
LA RUTA
Partimos de Castellar. Desde la plaza de España nos introducimos en la avenida de Andalucía, eje vertebrador de la villa donde, en un palmo de terreno, encontraremos numerosos lugares admirables. La calle se encuentra repleta de casas señoriales de amplios ventanales y balconadas por las que da gusto caminar abstraído. Pronto divisamos un torreón: la torre del homenaje, vestigio del castillo de Pallarés que dio nombre a la población y donde hoy se aloja el Museo de Arte Íbero y el Centro de Interpretación de la Cueva de la Lobera. Enfrente nos vemos sorprendidos por la iglesia colegiata de Santiago, que data del siglo XIII y fue construida sobre una antigua mezquita. Continuamos disfrutando de esta preciosa calle, que a partir de aquí toma el nombre de paseo de la Consolación y que poco a poco nos va sacando del pueblo. Descenderemos para abandonar la meseta donde se asentó el castillo que dio origen a la villa, acercándonos por un bonito paseo a la fuente de los Caños, situada a la salida de la localidad, junto a la carretera de El Condado. Poco antes, a la derecha, se desprende el sendero que conduce a la cueva de la Lobera.
Castellar. Avenida de Andalucía
Castellar. Monumento Íbero
Castellar. Detalle de Santiago en la fachada de la Colegiata
Castellar. Colegiata de Santiago
Salida de Castellar por la fuente de los caños
Cruzamos la carretera y, por el lado contrario, tomamos el camino de la Capilla hasta llegar a un reconocible cruce. Se trata de la vía pecuaria que seguiremos hacia la derecha; es el camino de El Condado que no entra en Castellar. Continuamos en ligero ascenso y, si dirigimos la vista a la derecha, veremos el farallón rocoso donde se sitúa el santuario íbero de la cueva de la Lobera. Alcanzamos un punto donde, aunque el paisaje inmediato no cambia —pues el olivar se extiende por doquier—, el horizonte sí se muestra diferente, ya que al fondo comenzamos a divisar la sierra de Segura y las Villas con sus cimas características. Estamos en el paraje conocido como el Portichuelo, donde los cronistas de la zona ubican el lugar donde descansó la madre Teresa a la sombra de un vergel que ya no existe, pero que con mucha probabilidad se encontraba en este entorno, dada la cercanía de la caudalosa fuente del Portichuelo, actualmente cerrada y protegida por una edificación.
Llegando al Portichuelo
Portichuelo. Posible fuente de la floresta de Santa Teresa
Portichuelo, vista de la fuente desde el camino
Entramos pues en tierras de Segura, justo donde el camino desemboca en la carretera asfaltada que lleva a Chiclana. Tendremos que transitar por este tramo de vía algo más de un kilómetro hasta encontrarnos de nuevo, por la derecha, con el camino de tierra de la vía pecuaria, el cual inicia un vertiginoso descenso en busca de la pequeña localidad de El Campillo. Atravesamos el pueblecico y, casi llaneando, llegamos a divisar la siguiente población de estos extensos llanos olivareros: Camporredondo. Vadeamos el arroyo de Gutarrajas a la salida del pueblo y continuamos en este incesante caminar. Llegaremos a un amplio cruce donde giraremos a la derecha en dirección al conocido puente Mocho sobre el Guadalimar, o río Colorao, como se le llama localmente. Para ello, nos toparemos previamente con la carretera de El Condado que debemos cruzar, entrando en un antiguo trazado de la vía pecuaria que nos lleva a atisbar pronto el río Guadalimar, cuyo curso se vuelve ruidoso en esta zona debido a la cerrada que tiene que atravesar. Franqueamos el recientemente remodelado puente, conscientes de estar haciéndolo por un lugar cargado de historia, donde cada año se repite el tradicional vadeo de la trashumancia.
El Campillo. Iglesia.
Camporedondo desde el camino de El Condado
Puente Mocho
Puente Mocho
En la otra orilla descansamos bajo una buena sombra para retomar el aliento y acometer la subida hacia la meseta de El Cornicabral, donde se ubica un aeródromo civil junto al que caminaremos bordeando casi toda la extensión de la pista de aterrizaje. Ya percibimos en la lejanía las blancas casas de nuestro destino; para llegar a ellas, tomaremos un tramo de la vieja carretera que descendía a la Ventilla de Beas, pero la abandonaremos por un carril que se presenta a media altura por la derecha y que no dejaremos hasta entrar en la población. El camino, discurriendo primero entre olivares, atraviesa bajo un túnel el impresionante talud que se levantó para la realización del trazado ferroviario Baeza-Utiel, línea que jamás llegó a ponerse en servicio. A partir de aquí aparecen los huertos junto al río Beas, cuyo curso acompañaremos teniendo como referencia en la otra orilla el camposanto para orientarnos sobre la distancia restante. A su altura cruzamos el río Beas por un puente junto a la depuradora de aguas residuales y salimos a la carretera que se dirige a la población, de la que nos resta apenas un kilómetro que completaremos por una vía acondicionada para caminar sin peligro. Entramos en la localidad y solo nos queda continuar en línea recta, callejeando, hasta alcanzar el convento de San José del Salvador, donde daremos por concluida la etapa.
Beas de Segura. Monasterio de San José del Salvador.
Beas de Segura. Imágenes de Santa Teresa y San Juan de la Cruz
Beas de Segura. Monasterio de San José del Salvador.