EL CAMINO QUE ME LLEVA A ESTO





No hay devoción y fervor mayor para un carolinense que el culto al doctor místico, al frailecico de La Peñuela, como siempre me ha gustado llamarlo. Y es que San Juan de la Cruz ha sido y es aliento para cientos de familias carolinenses que no se resignan a olvidar el paso del poeta por nuestra tierra y la huella que dejó en ella y que perdura aún sin cesar en este rincón fronterizo entre Castilla y el sur de España. Tanto es así, que la misma bandera representativa de nuestra Ciudad es de color marrón carmelita, en honor al hábito de nuestro patrón.1




EL ORIGEN


El recuerdo más remoto que atesoro en la memoria sobre San Juan de la Cruz, se remonta a la más tierna infancia. Una fría tarde amarillo-rojiza en mi Carolina natal, propia de los atardeceres de noviembre, cuando el sol se deja caer recortando por el suroeste todas las calles trazadas con tiralíneas. En aquella diáfana plaza del Ayuntamiento con sus dos solitarias farolas, asombrado por las colosales banderas de tonalidades marrones que aparecían por el enorme portón de la casa consistorial, junto a dos individuos ataviados con sayas de terciopelo carmesí portando al hombro unas extrañas piezas metálicas.


Años más tarde supe que esperaban al sempiterno alcalde. Cuando este aparecía por la puerta, se organizaba la comitiva custodiada por los que también supe, tardíamente, que se llamaban maceros y enfilaban diligentemente por la calle Jardines camino a la Parroquia. Detrás, mucha gente acompañaba a los prohombres locales. Delante, a cierta distancia, un enjuto paisano provisto de una tabla de madera con asa para sujetarla, encendía con una yesca ardida las mechas de los cohetes que disparaba al aíre, se veía que era el personaje más popular entre la chiquillería a tenor del grupo que lo rodeaba a distancia prudencial. Estos, la canalla escolar de la época, perseguía atentamente la trayectoria del proyectil para adivinar, tras la explosión, donde caería la varilla, autentico trofeo festivo que valía la asistencia al desfile procesional.


Debía ser muy pequeño, porque recuerdo que mi madre no me soltaba de la mano en toda la tarde. Cuando la comitiva llegó a la puerta de la Iglesia, todo estaba preparado, la banda de música comenzó a tronar el solemne himno nacional, por la puerta aparecieron dos figuras inmóviles encima de un carro al que empujaban algunos hombres bien arreglados, como por entonces se arreglaba la gente los domingos por la mañana para ir a misa. Mientras todo sucedía, mi madre no paraba de contarme cosas que no llego a recordar con precisión, tal vez porque mi mente estaba con esa chiquillería intentando adivinar donde caería la próxima varilla. Tras dar un largo paseo por el pueblo detrás de esos carros que llevaban aquellas figuras inmóviles, mientras caía velozmente la noche en el otoño tardío, asombrosamente iluminada por aquella hilera de pequeñas llamas que las velas de cera exhalaban, regresamos de nuevo a la Iglesia, donde de nuevo sonaba el himno mientras las dos imágenes desaparecían lentamente por el atrio parroquial.


Encerrada la comitiva sacra, venía el plato fuerte que me provocaba un dicotómico estremecimiento, el deseo por vivir aquel impresionante espectáculo que sacudía todos los sentidos, y el pánico a su desarrollo: LA TRACA MONUMENTAL. Después, concluida esta, todo volvía a la normalidad, bueno, tal vez esa noche costara algo conciliar el sueño con el eco del estruendo recorriendo aún los canales auditivos.


EL DESCUBRIMIENTO


Casi había olvidado que mi familia estuvo inmersa y comprometida con el Santo Patrón. Fue un libro de fray Paco Víctor2, dedicado a rememorar las diferentes etapas de la Hermandad de San Juan de la Cruz de La Carolina, el que me refrescó la memoria y aportó la reseña y los datos documentales de que varios familiares, por diferentes flancos, estuvieron vinculados con las fiestas patronales.


Los primeros que reconocí, dos tíos abuelos, más tarde, mi abuelo Juan Manuel. Dos años antes de su traslado a la capital provincial, las fiestas patronales entraron en su primera crisis conocida, las personas relevantes del pueblo que desde que terminó la contienda civil se habían encargado cada año de homenajear al frailecico de La Peñuela agotaron su espíritu de promoción. Entonces, ese año de 1956, se les ocurrió a un grupo de maestros, la brillante idea de organizar y proponer, en adelante, el relevo por gremios profesionales. 

Gremio del cuerpo de Magisterio durante el desfile procesional de las fiestas de San Juan de la Cruz de La Carolina de 1956. De izquierda a derecha aparecen D. José Ruiz, un inspector de Educación invitado por el gremio, el sacerdote D. Pablo Noguera, D. José González Miñarro (hermano mayor), D. Alfredo Araujo y D. José Pareja (Foto cortesía de Rosa González Pasquau).

Desde entonces, hasta principios de los años 70, navegó el procedimiento establecido años atrás, mecanismo gremial que permitió socializar en gran medida las fiestas patronales.


Procesión de 1959. Gremio de comerciantes textiles.

Procesión de 1962. Gremio Hostelería.

Procesión de 1967. Gremio de la construcción.

LA OPORTUNIDAD


La década de la transición, además de los aires de cambio, produjo de nuevo un agotamiento del modelo seguido y una nueva crisis, probablemente por circunstancias más de carácter social que de otra índole. En el año 1979 algo volvió a remover los sentimientos en sectores de la población y se constituyó una comisión que comenzó a poner los cimientos para una nueva época. Como consecuencia, en 1980, se constituye una Junta Promotora para volver a organizar las fiestas patronales. Ese año, algo y alguien tiraron de quien escribe estas líneas, por entonces estudiante universitario que acudía al pueblo ocasionalmente, en vacaciones. El alguien lo tengo perfectamente identificado, un buen amigo que ha estado detrás de todas las iniciativas simultáneas en las que me vi inmerso aquellos años. El algo, aún sigo sin identificarlo claramente, quizás la juventud, los años especiales que corrían, la patria chica que siempre tira, algo de nostalgia de la infancia corriendo detrás del apoteósico trofeo de una varilla de cohete,… tal vez un poco de todo. El caso es que recuerdo un verano entero en una sala de la biblioteca municipal dedicado a preparar unas fiestas que habían dejado de celebrarse durante varios años. Hicimos socios de la hermandad puerta por puerta, tiramos de no sé qué documentos y averiguamos los carolinenses emigrados a los que escribimos una misiva solicitando un donativo para relanzar las fiestas, con una gran repercusión, no recuerdo demasiados detalles pero, los postulados de "la imaginación al poder" estuvieron muy presentes aquellos días.

Andorreando con mi buen amigo Martín Rey por Santisteban del Puerto

Tuve la gran fortuna de coincidir y confraternizar con otros carolinenses que tenían parecidos sentimientos y motivaciones, un grupo ecléctico y heterogéneo surgido, probablemente, de la bendición divina del frailecico. El cura Paco del Moral Barrón que nos llevó y se dejó llevar, los recordados y añorados Miguel A. García Lucas y Carlos Sánchez-Batalla (hijo), además de mis queridos Alfonso González y Martín Rey Cabrerizo, el incombustible Félix Sánchez, Florencio Bernal, la conexión institucional, Guillermo Sena Medina, alma intelectual del proyecto y enorme conocedor y apasionado del fraile, el que suscribe y la colaboración inestimable de la por entonces gran dinamizadora local Asociación Cultural la Peñuela, conformaron la Junta Promotora, que a partir de aquél año revitalizó, de nuevo, la festividad de andariego carmelita. Además no puedo borrar de la memoria el apoyo inestimable del padre Paco Víctor OCD y de nuestro alcalde por entonces, Pepe Rodríguez, querido y recordado profesor (y educador) de los años de bachillerato.

Algunos miembros de la Junta Promotora de la Hermandad de San Juan de la Cruz en el desfile procesional de 1980. De izquierda a derecha Martín Rey, Mariano Andújar, Alfonso A. González, Felix Sánchez y Carlos Sánchez-Batalla Martínez. (Fotografía cortesía de Martín Rey Cabrerizo)

CERRANDO EL CICLO


Finalmente, tras varios años en los que, como suele decirse, aquello fue a más, y antes de que finalizara el siglo XX, en 1998, le correspondió a mi madre, Rosario (Chari) Megías, como presidenta de la Asociación de Amas de Casa de La Carolina, asumir el cargo de Hermana Mayor y organizar junto a sus correligionarias de la asociación la festividad del Santo Patrón. Recuerdo el entusiasmo con que lo vivió, fue un año de un no parar, cada vez que la visitaba la conversación acababa en el mismo sitio, el Patrón. Aquello fue una fuente de vida e ilusión para ella, hasta no hace mucho recordábamos anécdotas y vicisitudes de aquél año.


Junta Directiva de la Asociación de Amas de Casa de La Carolina, encargadas de la organización de las fiestas patronales el año 1998 durante el desfile procesional.

Siempre que pude, los 24 de noviembre, acudí a sentir ese biruje del otoño tardío en el que el atardecer daba paso fugazmente a la noche intensa alumbrada con los cirios que la Hermandad siguió repartiendo tradicionalmente. Cuando no fue posible, un recuerdo en algún lugar de mi corazón siempre evocó la fecha señalada, en la que en mi casa, como en tantas otras, se vivió y engalanó para celebrar la onomástica.


Colgadura, manufacturada por mi madre, que ha presidido mi casa en cada celebración del Patrón

Y bueno, pasados los años, y encontrándome entre otras, reconvertido en pisapraos dominguero, se me presenta la posibilidad de desarrollar la idea que siempre tuve en mente, describir y trazar, a mi manera, los caminos que el fraile andariego recorrió por la provincia de Jaén.  Peliaguda tarea, teniendo en cuenta que hablamos de un personaje que no paraba quieto. Un reto recorrer los caminos de ir y venir y volver, de poner a La Peñuela en el lugar que le corresponde en todo ese trasiego, definir el camino de llegada a Andalucía y el camino de la enfermedad y muerte, ambos tan ligados a este lugar, definitivamente, proponer una aventura sanjuanista que no agote el camino iniciado por los murcianos de Caravaca y que permita a los seguidores del fraile seguir a la zaga de su huella.


Por donde que, la casualidad o el destino, aúnan mi simpatía por el santo Patrón con mi entretenimiento favorito..., y en esto me hallo.








1 Historias, leyendas y misterios carolinenses. Juan José Márquez García. Edición del propio autor..

2 La hermandad de San Juan de la Cruz. La Carolina. Francisco Víctor López Fernández. Ed. El autor. 2011..